Capítulo 9. El Nuevo World Trade Center. El parquecito de Queensboro Bridge y el Brooklyn Bridge.
541 metros sobre el nivel del mar. “Los Jardines del Mundo”. Así se llama el Nuevo World Trade Center de Manhattan que estará terminado el próximo año 2008. Una obra de ingeniería que ha contado, entre otros, con el apoyo del actual alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, el Gobernador Pataki y decenas de familiares de víctimas de los atentados del 11 de setiembre. El arquitecto que se hizo con los honores es Daniel Libeskind. El complejo tendrá un coste de 330 millones de dólares y posee ciertas peculiaridades que han supuesto las claves del éxito final.
Por ejemplo la altura. Ya hemos dicho que sobrepasará a las Torres Gemelas en 128 metros, pero no sólo eso. También será el edificio más alto del mundo tras haber superado también a las actuales reinas, las Torres Petronas de Kuala Lumpur en Malasia de 452 metros de vertiginosa altura.
Contará el complejo en la base con dos parques dispuestos en forma de equis donde el sol brillará sin sombra entre las 8.46 y las 10.28 de la mañana del 11 de septiembre, coincidiendo con el impacto del primer avión y la caída de la segunda torre.
Tiene también la particularidad de preservar en la base los muros de contención originales donde se asentaban las Torres Gemelas.
La torre principal tendrá 1776 pies de altura, en honor a la fecha de la Independencia estadounidense y allí podrá verse al aire libre una enorme colección de plantas y de flores de todo el planeta, mientras que a sus costados otros edificios albergarán oficinas, negocios y un centro interpretativo del 11 de setiembre de 2001. Es curioso, cuando menos, que en todo este proceso no se incluyera al arrendatario de las Torres Gemelas, el empresario Larry Silverstein, que pocas semanas antes de los atentados había firmado un contrato de alquiler por 99 años y que se encuentra ahora en pleno juicio para cobrar el multimillonario seguro.
“Los jardines del mundo”, con esa torre de 541 metros de altura, es un proyecto que ya está en obra y que estará terminado en el año 2008. Entonces Manhattan tendrá otro skyline, otro horizonte.
Pero el horizonte, las líneas de Manhattan, se escriben también con sus puentes. Puentes y túneles.
Habíamos caminado tanto que los dedos de los pies empezaban a resentirse y la ilusión por ver Manhattan desde allí, ridiculizaba la sensación de dolor. Los kilómetros comenzaban a pasar factura y tuvimos que recorrer cientos de metros antes de entrar en el Puente de Brooklyn. Un puente colgante que se construyó en el año 1875, como bien reza en sus pilares, y que se abrió al movimiento en el año 1883. Desde entonces ha sabido pervivir al paso del tiempo y acondicionarse al crecimiento de la ciudad. Un puente que fue diseñado para el tránsito de animales y carruajes ahora soporta cientos de toneladas al segundo. Para que os hagáis una idea de lo que es el Puente de Brooklyn, tiene a sus costados dos calzadas de tres carriles cada una por los que no dejan de pasar turismos a todas horas. En la parte superior nos podemos encontrar con un corredor doble bien diferenciado. Es un paseo sobre láminas de madera justo en la parte central del puente. Una línea amarilla divide en dos partes iguales el paseo. La parte de la derecha, según sales de Manhattan, es la que pertenece a los peatones. La parte izquierda es la de los corredores y los ciclistas. Y eso hay que seguirlo a conciencia. El paseo nos llevó hasta el primero de sus pilares. Siempre la bandera de las barras y las estrellas jalonándolo. Y allí, en la circunvalación del pilar, han colocado una especie de centro interpretativo del Puente que nos muestra, por medio de grabados en bronce, la historia de su construcción. El puente, que es conocido en el mundo entero por sus dos pilares de piedra con arcos góticos, se tardó en construir 13 años, 8 años más de lo previsto y costó 15 millones de dólares, lo que supuso el doble de lo presupuestado.
Mi hermano y yo estábamos decididos a llegar a la parte central del puente y contemplar desde allí la parte baja de Manhattan. El sol se estaba poniendo entre las acristaladas torres y no pocos rayos se escapaban entre aquellos edificios. Los cables del puente colgante descendían desde el primer pilar hasta la parte central y pocos metros más allá retornaban unos nuevos el ascenso hasta el segundo de los pilares. Pero desde aquel punto, donde los cables no entorpecían la vista, ese atardecer nos envolvía. Mientras caminaban y corrían; mientras no paraban de pasar ciclistas y patinadores por nuestra espalda, nosotros nos apoyábamos en el muro metálico repleto de gruesos remaches y perdimos nuestra mirada en el downtown de Manhattan. Al fondo, entre la neblina del atardecer, podíamos distinguir la Estatua de la Libertad. También llegamos a dibujar en el horizonte de aquella postal las dos Torres Gemelas del World Trade Center. Nos giramos. El azul del increíble Puente de Manhattan, también colgante como el de Brooklyn, brillaba con luz propia, sin duda prestada de aquel atardecer. Y podíamos distinguir también el edificio de la Chrysler y el Empire State Building. Los ciclistas seguían pasando. De noche, el Puente de Brooklyn se viste de luz. ¡Cuántas veces lo habremos visto brillar en postales de siempre! Pero ahora el alcalde de la ciudad, Michael Bloomberg, ha decidido ahorrar en electricidad y las luces de los cables que cuelgan de los pilares góticos no están encendidas todas las noches. ¡Por algo dice mi tía que empezamos a ahorrar por el perejil!
Otro de los puentes mágicos de Manhattan está situado en la parte central de la isla. Lo podemos encontrar a la altura de la calle 59. Es el Queensboro Bridge. Un puente metálico, con forma de colgante, pero con la robustez de las formas tridimensionales. Este puente comunica la isla de Manhattan con el distrito de Queens que, como hemos dicho en otra ocasión, es eminentemente residencial. No es la única forma de comunicación que existe. Más adelante hablaremos de los túneles. El Queensboro Bridge puede observarse desde muchos puntos de vista. Pero el que vamos a elegir es único y especial. Al final de la calle 59 llegamos a un pequeño parque, un pequeño mirador. Y es raro decirlo, pero cuando digo pequeño, es porque es pequeño. Tiene aproximadamente 20 metros de largo y no más de 15 de ancho. Es coqueto, sencillo, sereno, armonioso. Los bancos de madera permiten que te sientes a ver el puente y Roosvelt Island, una isla en medio del East River por donde cruza el Puente de Queensboro. Aquel lugar lo descubrimos gracias a Frank. Un neoyorquino que tuve la oportunidad de conocer en un pequeño pueblo de la provincia de Zamora, en España. Un hombre de la Gran Manzana que se había perdido en uno de los paraísos de estas tierras españolas: los Arribes del Duero. Y allí, en aquel mirador de Villadepera, que así se llama el pueblecito donde no hay más de 70 u 80 vecinos, conoció al que os escribe ahora. Y Frank nos abrió la cancela de aquel parquecito al final de la 59 en Sutton. Un lugar ideal para contemplar el Queensboro Bridge.
Como es lógico no sólo los puentes son la única vía de comunicación entre los diferentes distritos de Nueva York. También existen túneles por donde miles de coches pasan todos los días de un lado a otro. Existe el túnel de Queens Midtown, el Holland Tunnel, el Brooklyn Battery Tunnel y el Lincoln tunnel. Todos ellos a una profundidad considerable por debajo del East River o del Hudson River.
Parece un túnel normal, pero cuando te dicen que estás a más de 15 metros de profundidad no asimilas que aquella distancia se asemeja a la de un edificio de 6 plantas de altura. Todo por debajo del nivel del agua. Lo curioso es que por estos túneles no paran de pasar coches. Sólo por el que estábamos pasando en aquel momento circulan al día 180.000 vehículos. Y por otro de ellos la cifra aumenta hasta los 240.000. Existe un organismo que se encarga de la administración de los túneles, las autopistas y demás formas de peaje que existen. Es la Autoridad Portuaria de Nueva York, dueña, por cierto, del lugar donde se levantaba el devastado World Trade Center, entre otras cosas. Pues bien, la Autoridad Portuaria se embolsa al día en concepto de peajes la cifra de un millón de dólares que en euros viene a ser algo muy parecido y en pesetas llega a los 166 millones. Lo repito: en Manhattan todo es “dólar”.
El frío de la noche amenazaba a partir de las 6 y media de la tarde a principios de octubre. Pero el cielo estaba limpio. Lleno de contaminación, sí, pero limpio. No se veían las estrellas en nuestro camino de vuelta al hotel. Mañana haríamos un viaje largo. Estaríamos todo el día fuera de Manhattan. Habíamos decidido conocer la capital de los Estados Unidos. Apenas 300 kilómetros nos separaban de Washington y no estábamos dispuestos a dejar pasar aquella oportunidad. Pero teníamos que madrugar, así que cenamos un poco en el local de nuestro amigo el chino y nos metimos en la cama. Antes, y mientras llegabas al hotel, escudriñabas las alturas en busca de ella. Las luces te dificultaban el trabajo pero, como he dicho, no había nubes en lo alto. Es difícil, pero a veces, se puede ver la luna llena en Manhattan.