A veces se puede ver la luna llena en Manhattan:
Diario de un periodista en Nueva York

Por David

Capítulo 1. La llegada a los Estados Unidos.

Llegar a Manhattan supone dar un giro radical a tu concepto de mundo exterior, de capital, de cosmos, de vida humana. Llegar a Manhattan no tiene comparanza con cualquier cosa que hayamos podido ver, oír o sentir jamás. Manhattan es la capital del mundo y eso tiene una explicación que daré más adelante. Manhattan es uno de los cinco distritos o barrios en los que está dividido Nueva York. Los otras cuatro son: Bronx, Queens, Brooklyn y Staten Island. Visitaremos todos ellas aunque no con la profundidad con la que visitaremos la isla de Manhattan. Pero antes de llegar tenemos que aterrizar nuestro vuelo y lo hacemos en este caso en uno de los tres aeropuertos que posee Nueva York. Nuestro fin de vuelo es el aeropuerto JFK, siglas del mítico presidente de los Estados Unidos John Fitzgerald Kennedy, asesinado en Dallas y en extrañas circunstancias el día 22 de noviembre de 1963. En el aeropuerto nos empezaremos a dar cuenta de una cosa que ha cambiado mucho en Estados Unidos desde los trágicos atentados de setiembre 11, como se denomina en Norteamérica, puesto que lo primero que nombran en una fecha es el mes. A continuación el día y el año al final. Por lo tanto nos podremos referir al 11/S o al fatídico setiembre 11. Lo que sí es cierto es que la huella de aquella mañana de martes sigue viva. Unos de los aspectos fundamentales por lo que podemos afirmar esto es la seguridad que nos vamos a encontrar. Pero una seguridad que bien puede darnos algún pequeño susto.

Sí es cierto que mi hermano y yo no nos parecemos físicamente nada pero en nuestros respectivos pasaportes marcaba que teníamos los mismos apellidos y vivíamos, en la misma casa. Pero algo debió de llamar la atención de aquel inspector del aeropuerto que se fijó en mí. A mi hermano le invitó a seguir adelante. En cambio cogió mi pasaporte y lo introdujo en un sobre rojo transparente en el que incluyó los papeles que habíamos rellenado en el avión. Dos cartulinas, una blanca y una verde. Allí se nos preguntaba por nuestras cuentas pendientes con la justicia, si es que las teníamos; de nuestra capacidad de cordura mental; de nuestra intención de hacer algo malo en EE.UU. Pero no era así y lo marcamos bien. Lo cierto es que aquel inspector de aduanas me encaminó por un largo pasillo hasta la puerta de una sala de donde en ese momento salían ciudadanos de otras partes del mundo. Podías diferenciar a los árabes, a los indios… Y el miedo no te dejaba reaccionar, pero tampoco podías hacer nada para defenderte. ¿Defenderte de qué? De momento no te habían hecho nada. Nada más que llevarte a una sala de unos 40 metros cuadrados llena de sillas y de maderos americanos. ¡Cuánto echaba de menos a mis maderos españoles y no acaba de llegar! Me sentaron junto a un ciudadano de Pakistán. Lo supe porque preguntaron por él diciendo tan sólo Pakistán. Mi sobre, con mi pasaporte y mi tratado de buenas intenciones rellenado a conciencia en el avión de la compañía Air Plus, se encasillaba junto a otros muchos. Por fin uno de los policías lo cogió, lo abrió, lo ojeó y después de hacer una comprobación de no me digan ustedes qué me llamó a su presencia. "¿Cuál es el problema?" -pregunté. "Tu apellido." -contestó en un español poco depurado- "Es un apellido llamativo pero no pasa nada. Puedes seguir con tu viaje."

Muy amable pero mi hermano tiene mi mismo apellido y a él no le habéis hecho nada, pensé para mis adentros. Mi hermano me esperaba con el equipaje. Estaba solo. El aeropuerto estaba vacío. Allí estaba él. Tan grande. Con la mirada perdida. Nadie le había dicho nada. Guardaba las maletas y las mochilas con mesura, cerca de la cinta que las había introducido en el aeropuerto. Pero no sabía nada de su hermano. Por fin, volvimos a cruzar las miradas y todo quedó en eso, en un susto. ¡Para mí de muerte! Tuvimos que abrir de nuevo nuestras maletas un par de veces más. Teníamos mareadas a las camisas y a las camisetas. Pero por fin salimos de allí. Nos estaba esperando en la puerta el que sería nuestro primer guía en Nueva York. Se llama Alberto y pertenece a una empresa que se dedica a hacer tours, excursiones por Manhattan. También realizan traslados. Y nosotros teníamos reservado desde España el traslado al aeropuerto. Algo imprescindible si no quieres gastarte tus primeros 35 dólares como tarifa única desde el JFK hasta la Isla de Manhattan. Alberto nos recibía en el JFK después de 8 horas y 40 minutos de vuelo, más los 15 de la oficina de inmigración. Con Alberto empezaríamos a conocer al gran gigante, a la Big Aple, la Gran Manzana. A la capital del Mundo. A la Isla de los sueños de aquellas torres que cayeron un 11 de setiembre como si fueran de papel. Y cayeron con tantas preguntas… Eran cerca de las 5 de la tarde y todavía nos quedaba una hora de viaje por carretera hasta el hotel. Anochecería pronto y la luna estaba en su fase creciente. Es difícil, pero a veces es posible ver la luna llena en Manhattan.